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Sicilia

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Sicilia es estupor

Descrubimiento de la maravillosa isla

Sol, mar, monumentos, culturas, arte, bellezas naturales, gastronomía.



Arte y cultura entre sol y mar.
La identidad de esta tierra nacida de las olas.

¿Arte y cultura entre sol y mar representan la identidad de esta tierra nacida de las olas?
Tal vez, se lo pregunten tras superar el primer impacto. Es más, les pasará. Porque no es fácil captar el sentido de esta isla que es un continente. Pero no se desanimen porque les pasa siempre lo mismo a todos: la primera vez se corre el riesgo de no entenderla.

Sicilia no es fácil de entender.
Al igual que una bella mujer requiere un determinado acercamiento pero tampoco se deja conquistar fácilmente. Sólo podrán dejarse seducir. Exactamente como se dejaron seducir los primeros Micénicos que fueron a estos lugares para adquirir obsidiana y piedra pómez en las Eolias, cuando se desconocían otros materiales para cortar y alisar. Y como les pasó a los Fenicios que, en estas costas crearon sus primeros emporios confiados a la protección de gente comprometida en cada ángulo del Mediterráneo y que convivieron en paz, comerciando, con Sículos, Sicanos y Elimios.

¿Por qué Elimios? Ex limen, en latín significa prófugo, expulsado de casa. Lo cual, nos da enseguida alguna pista sobre la antigua civilización de la isla. Todos fueron siempre bienvenidos a ella. Como les sucedió a los griegos, en busca de lugares donde vivir en paz, y a otros muchos. Como les pasa en nuestros días a tantos desgraciados que, desembarcan en estas costas huyendo de la miseria, de las guerras, de la carestía y de las prevaricaciones.

Sicilia acoge a todos. De forma civil, como siempre lo ha hecho.
Y todos se convierten en sicilianos. Porque carece de importancia haber nacido allí.
Lo dijo, ya en el año 424 a. C, Hermocrates de Siracusa que afirmó: “Nosotros no somos ni Jonios ni Dorios, somos sicilianos”. Gesticulamos como antiguos mercantes fenicios, somos astutos como griegos, capciosos como bizantinos, blasés como caballeros andaluces y seguimos conservando un gran respeto por los Muertos, y por las necrópolis de todos los que murieron en esta isla”. Perviven en la lengua, en los comportamientos, en la cocina, en la religiosidad, restos de cultura griega, romana, bizantina, musulmana, normanda, angevina, arogonesa, catalana… Cada uno de ellas ha dejado señas, huellas arquitectónicas, obras maestras de arte, transformando toda la isla en un museo al aire libre, único en el mundo.

Una Sicilia capacitada para complacer a cada uno de sus visitantes.
Y pensar que, ya en la Edad Media, Sicilia aparecía “encendida y fulgurada de lava y de sol, como un infierno terrestre, habitado por gente más parecida a demonios que a seres humanos”. Para llegar a la “invención” de la Sicilia de Stendhal, que pone en boca de la “duchesse de Palliano”: “.... viajando por Sicilia, mi objetivo no ha sido solamente observar los fenómenos del Etna, ni aclarar para mí, ni para los demás, lo que los antiguos autores griegos dijeron sobre Sicilia. He buscado sobre todo el placer de los ojos, que, en este singular país es grande”.


La cultura clásica.
La huella de los dioses en la tierra del mito.

“De todas las disoluciones posibles, el viaje es la más grande que yo sepa; es la que nos inventamos cuando estamos hartos de los demás…. Nos enfadamos a veces, pero nos lo pasamo bien también, sin límite”. Palabras de Gustave Flaubert. Que leyendo bien entre líneas esconde el supremo y sublime deleite del viaje de descubrimiento.
Los testimonios arquitectónicos sicilianos ocupan un lugar entre los más importantes de la antigüedad. No es fácil resistir a la fascinación que emanan obras, cuya belleza ha conquistado a los visitantes de cada época. Sobre todo a los cultos viajeros del “Grand Tour“. El más grande de todos ellos, el “Viajero” por excelencia, sigue siendo Wolfgang Goethe. Y, sin embargo, a su “Italienische Reise”, numerosos han reprochado omisiones, imprecisiones, frivolidades.¿Por qué? Simplemente porque, el suyo es un viaje al final de la historia, del tiempo; el gran viaje que cada uno de nosotros quisiera hacer para llegar hasta el corazón de la naturaleza humana. En esta Isla, tal vez se encuentra el Aleph, o sea el lugar donde se encuentran todos los lugares, la historia que contiene todas las historias. Una iniciación enigmática, una bajada a los Infiernos: partiendo del prodigio de Segesta donde se encuentra un templo que no es un templo, hasta la Villa Palagonia de Bagheria, que es lo contrario de un lugar de placeres aristocráticos. La ciudad de los muertos de Pantalica que se convierte en un lugar encantado para vivir.

Ésta es finalmente la clave: el viaje de Goethe no es un “baedeker”. Como, por otra parte, tampoco lo son estas páginas. Son sólo una invitación.
Nos gustaría que alguno de ustedes viniese a Sicilia para ver, conocer, disfrutar, experimentar lo que ha conseguido cautivar a quienes fueron hasta allí en los últimos cuatro mil años. Y soñar. Viajando, con una buena guía, por los parques arqueológicos de Piazza Armerina o de Selinunte; asistiendo al antiguo espectáculo del atardecer en el teatro griego de Taormina o en las ruinas de Megara Hyblaea. Bañándose en el mar de Camarina sabiendo que, bajo la arena hay restos de antiguos barcos. Hacer vela como Ulises por las costas, asistiendo a amaneceres y atardeceres, mientras que la costa desfila ante los ojos con sus horrores arquitectónicos de hoy, indultados solamente por la aparición imprevista de un templo o de un par de columnas que siguen levantadas en costas, a veces incontaminadas.


El mar y las islas.
Gemas engastadas en un líquido zafiro.

Lágrimas de lava, llanuras calcáreas trilladas por el viento, landas soleadas del color del bronce: cada una de las islas adorna el litoral siciliano como un collar de perlas adorna el cuello de una bella mujer. Catorce son, las hijas de Sicilia, por no hablar de Mozia que, a veces, con la marea baja se une a la costa de Marsala. Catorce paraísos de belleza incontaminada. Algunas con la fascinación africana, como las Pelagias, en la provincia de Agrigento, y Pantelleria en la provincia de Trapani. Otras, sin embargo, señoras sin iguales del mar y de sus secretos como Levanzo, Favignana y Marettimo: el archipiélago de las Egades en el mar de Trapani. Más hacia el norte, en un espléndido aislamiento, encontramos Ustica, la Isla de Circe, con su reserva marina intacta. En las Eolias, en la provincia de Messina, se dan cita el agua y el fuego. En definitiva, allí, la naturaleza sigue dictando sus ritmos y el viajero sólo debe dejarse embrujar por las mágicas atmósferas de los pescadores y de los agricultores de la isla, últimos guardianes de antiguas tradiciones mediterráneas. La elección es suya entre las mundanerías eolianas, el silencio de las Pelagias o los perfumes de las Egades.

El mar es siempre de color zafiro, surcado por delfines y emperadores. Desde siempre.


Las rutas de la fe.
Una devoción suspendida entre cielo y mar.

¿Son religiosos los sicilianos? ¡Seguramente prudentes, si pensamos que casi setecientos santos patrones velan sobre los 389 municipios sicilianos! Solamente Palermo cuenta con veinte “santos ordinarios”, quince “santos principales”, cuatro “santas patronas” bien en vista en los Cuatro Canti y una “patrona para velar sobre todo”, Santa Rosalia. ¿Por qué tantos santos? Tal vez porque, a diferencia de Dios, habiendo sido mortales en la tierra, fueron considerados los únicos capacitados para entender y satisfacer las necesidades humanas. Y además, son los santos, los que dispensan los milagros… Los orígenes de las fiestas en su honor se remontan a los antiguos cultos paganos, ritos ligados a los solsticios, a las estaciones, aunque otros, tal vez no tienen mucho que ver con la religión en sentido estricto. Entre el 10 y el 15 de julio bajo una infernal canícula, los palermitanos desarrollan una actividad frenética: ha llegado el tiempo de Festino.

Es difícil explicar qué es el Festino.
Seguramente el momento más grande de la vida de la ciudad, un inmenso exvoto popular dedicado a Santa Rosalia por la gracia recibida. Fue ella quien salvó a los palermitanos de la peste en el año 1624. Es la última de las grandes “fiestas barrocas” europeas en donde hay un carro triunfal inmenso al que pueden subirse los músicos. Un emblema civil, único en Europa, para mostrar la riqueza y el lujo de Palermo. ¡Un acto de soberbia municipal para recordar al pueblo, espectador y comparsa, la dignidad real de la ciudad ! Santa Rosalía, sigue siendo, hoy, para muchos la Gran Esperanza.


Sicilia en la mesa.
Un viaje por el mundo de los sabores y de las tradiciones populares.

La cocina es la amalgama perfecta de las influencias de las diferentes culturas que en la Isla se han ido alternado.
En lugar de un yacimiento cultural es el rasgo más resistente de una cultura. La mesa, sigue siendo, el lugar de introspección de las diferentes civilizaciones que han pasado por la isla. Un placer antiguo, aunque ya Platón, huésped en Siracusa, criticó a aquellos ciudadanos reyes por “sentarse a la mesa varias veces al día”.

¿Cocina siciliana? La hay de tres tipos: La patricia, la popular o de reinvención ingeniosa y la de la calle o de los “buffittieri”, como se llamaban antiguamente, derivando del apelativo del francés “buffet”.

Una enorme riqueza y variedad de platos ya que cada ciudad, pueblo, familia ha interpretado siempre a su modo cada receta, una consecuencia del destacado individualismo de la isla. Mientras que los “Monsù”, los cocineros de las grandes Familias, celebraban en los Palacios, con meros y lenguados, liebres y capones, a los de abajo llegaban los olores y las descripciones maravillosas hechas por la servidumbre. Con fantasía e ingenio esos platos fueron reinventados con ingredientes a menudo pobres. Las sardinas, sin raspas, desempeñaron el papel de lenguados como se decía en el español de los nobles. Nacieron de esta forma las sardinas “a linguata”. Oportunamente preparadas se convirtieron también en “beccafichi” pajaritos similares a las currucas que los “Monsù” servían enteras: las berenjenas se transformaron en “codornices” y también en ” parmiciana” que en dialecto es la persiana. Nada que ver con Parma y su queso. Y también con la berenjena nació la reina de la cocina popular la “caponata” en una salsa agridulce, original de la cocina de corte de la Persia preislámica.


Escenarios naturales para deporte y relax.
Vacaciones en Sicilia. No sólo mar y cultura. Turismo verde.

Yerma, árida, calcinada son adjetivos utilizados por quienes la conocen superficialmente. Hay otra Sicilia por descubrir. Nebrodi y Madonie son las últimas ramificaciones del Apenino continental italiano; alrededor de todo un rebullir de colinas que acaban donde empieza el mar.
Ante sus ojos solamente el amarillo de los retoños y el verde de la vid. Pan y vino que ofrece esta tierra a quien ha sabido amarla. Si también les apetece explorarla, en parques, reservas y oasis protegidos, descubrirán muchos más colores. Y perfumes.
“Desde el tiempo de Proserpina, Sicilia ha sido la casa de las flores. Se cuenta que las Diosas vírgenes, Proserpina, Minerva y Diana, tejieron una túnica de flores variopinta para el padre Júpiter ... Ahora entiendo porque los Dioses han amado tanto Sicilia”.
Así escribía, en 1880, una “Milady en Sicilia”, a Frances Elliot en vida.


Turismo rural.

Masías, bagli, moradas señoriales de campo, villas barrocas o Liberty, se ocultan entre “cañadas” de antiguos olivos, “jardines” mediorientales de cítricos, sobre colinas verdes de vid o rojas de “sulla” - una extraña leguminosa usada como forraje – desde donde se dominan paisajes que dejan sin respiración. Tierras arcaicas de grandes emociones. También de conmociones si les interesan las cosas del alma. Y es inmediatamente Sicilia.
Numerosas construcciones son, en la actualidad, centros de turismo rural que ofrecen un bien antiguo: la hospitalidad. Un valor al que los sicilianos siguen rindiendo tributo. Junto a los sabores de una cocina con raíces en el mundo agropastoral de los Siceliotas, los griegos de Sicilia. Delante de un vaso de vino, les contarán mil historias sobre los que los han generado. Tal vez, sean las mismas historias contadas también a todos aquellos que, en los últimos tres milenios les habrán precedido.
Hospitalidad, relax, buena mesa y una invitación discreta para conocer el territorio. Son numerosas las actividades al alcance: desde el esquí en las laderas nevadas del Etna a la natación en la costa, a la canoa o la vela, si quieren vivir la euforia del viento. O el buceo en los fondos marinos que ocultan restos de antiguos naufragios. Y el placer de pequeños descubrimientos. Andando, a caballo, en bici para captar, paso a paso, las huellas de su civilización. Que en esta isla es antigua.
Están acostumbrados desde siempre a los forasteros. Aunque serán capaces de hacerles sentirse como si fuesen los primeros en llegar, los privilegiados que disfrutan de su mesa, de su amistad. Y de repente les harán sentirse como dioses. Y no se darán cuenta del paso del tiempo. Porque “donde los Dioses vivían comportándose como hombres, no puede haber días banales como en las demás partes del mundo”. Palabras de Frances Elliot .



Artículo publicado por la
Region Siciliana - Concejalía de Turismo

www.regione.sicilia.it/turismo/web_turismo/sicilia/it/home.html




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